Reconocimiento en casa

El poeta y activista cultural Pedro Enríquez recibe el V Premio Internacional Poesía en el Laurel con la complicidad de Rafael Guillén y Marina Heredia

EDUARDO TÉBAR la zubia 18 Aug 2016

Un rumor inesperado desestabilizó a las decenas de escritores que poblaban las butacas del Centro Federico García Lorca, en la Romanilla, durante el último FIP de Granada, en mayo: Pedro Enríquez se debatía entre la vida y la muerte. Un susto que pilló a casi todos de sopetón. En cambio, el poeta y académico -zeta mayúscula- de la Academia de Buenas Letras de Granada paseó en el último martes de Poesía en el Laurel palmito en una reunión consagrada de manera íntegra a su figura. Todo un goce con tintes de autohomenaje. O de profeta en su tierra. O de reconocimiento en casa.

Enríquez -60 años-, figura de relieve internacional en la literatura granadina, recibió el V Premio Internacional Poesía en el Laurel. El galardón de un certamen que lleva su huella indeleble. Y fue velada cálida, con el patio de butacas lleno en rectángulo profundo. Versos en la Vega, el marco que tan bien describió Rafael Guillén en 'Zubia'. La presencia del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en los jardines del convento San Luis El Real emocionó al homenajeado. «Pedro Enríquez ha sido el motor de una cultura que podríamos llamar elitista, pero siendo querido por el pueblo», comentó Guillén. «Se ha ganado el cariño en muchísimos países. Para él toda mi admiración y afecto».

El enclave ayudó a entrar en materia: los jardines del convento San Luis El Real respiran historia. Cuentan que Isabel La Católica se escondió de un ataque musulmán en sus alrededores mientras encomendaba sus rezos a San Luis. «Estoy lleno de emoción. Esta noche prefiero olvidarme de los papeles y dejar que hable el corazón, que nunca se equivoca», confesó Enríquez antes de que su amigo José Luis López Enamorado le regalase el cuadro 'El rincón del poeta'. Enríquez recitó a Lorca y se soltó en escena en clave de perfopoesía a través de 'Sombras chinescas', ayudado por las voces de Elisa Remón y Eva Rubio. Intervinieron, a su vez, María Trinidad Montes, Jesús Hernández, Hamza Castro y Nizar Liemlahi. Quedó patente la esencia de Enríquez: el maridaje del ritmo de lectura y el ritmo de la musicalidad de los versos. Entre el elenco, 'Trini', la concejala de Cultura, aportó un bellísimo saxofón en una versión igualmente hermosa del 'Lucía' de Serrat. Y todo haciendo cómplice al pórtico de la iglesia.

Después llegó Marina Heredia, de blanco y falda floreada, y se apoderó de la noche con semblante egregio. Su voz fluye natural, ardiente como llamarada. Acompañada por un privilegio de guitarra, la del inseparable José Quevedo 'Bolita', que cambia el toque severo mientras Marina funde las manos como en el trance de una plegaria antigua mientras espera con los ojos cerrados a que el toque que conceda una tregua y le permita arrancarse. Con esa voz grave, cincelada por el alquitrán, que ha hecho fortuna entre varias generaciones de féminas. Y alentada por las palmas y coros de Anabel Rivera y Víctor Carrasco.

Marina se encuentra radiante a sus 36 años. La plenitud de una cantaora que en marzo conquistó el Carnegie Hall de Manhattan con Pablo Heras-Casado, otro granadino. Su padre, Jaime 'El Parrón', observaba sentado en un lateral, en penumbra y con discreción de patriarca sabio. Su relación con el universo de los poetas. Alguien en La Zubia recordó sus recitales con Aute, donde la Heredia ya dejó constancia de su dominio de la 'Balada del que nunca fue a Granada', de Rafael Alberti, a la tauromaquia de Illo y Romero, transformada en verso por José Bergamín. 'El Parrón' la miraba embebecido, marcando el compás tímidamente con las pestañas. Él sabe bien que el flamenco, más que aprehenderse, hay que sentirlo.

Marina salió eufórica, repartiendo sonrisas al son de unas alegrías con sabor a Cádiz. Ni siquiera los problemas con el suministro eléctrico le impidieron cantar a pelo y ganarse la ovación del convento. Al cierre de esta edición, la nazarí seguía por soleás. Para entonces, 'El Bola' ya era una asombrosa caja de chiribitas. Nada más afín a la filosofía del poeta Enríquez. Pocas cosas hermanan tanto como la música. Si acaso, la poesía. Y allí, sobre el entarimado de la iglesia zubiense, los tres oficiantes disponían de todos los elementos.

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