Momentos para enmarcar de ‘Poesía en el Laurel’

Pedro Guerra puso el broche al festival con un recital memorable.
Pedro Guerra puso el broche al festival con un recital memorable. / DIEGO LUZ

La gran cita cultural de La Zubia dejó el listón alto con tres ‘llenazos’ en los jardines del convento San Luis El Real

EDUARDO TÉBARLa Zubia

‘Poesía en el Laurel’ ha cumplido catorce ediciones este verano. La gran cita cultural de La Zubia goza de buena salud. Y ha dejado momentos para enmarcar. ¿El más reciente? El broche de Pedro Guerra: el cantautor canario cerró su recital con la imperecedera ‘Contamíname’. Un cierre aún latente en la retina. Pero hubo más. Dejó el listón alto la colombiana Lilián Pallarés con su ‘performance’ tribal en maridaje con el percusionista senegalés Mara Dat.

Desde Medellín, Jairo Guzmán removió las entrañas con su discurso y con sus versos. Por no olvidar la vanguardista copla-jazz de Rosa Lazar, las imágenes de lírica cotidiana de Carolina Bustos, la poética del mar del escritor local José Rienda… O las visitas de Elisa Rueda, Manuel Salinas o Roxana Crisólogo. La Zubia es un imán para la más destacable poesía internacional.

Tres veladas y tres llenos en los jardines del convento San Luis El Real. Cuentan que Isabel La Católica se escondió de un ataque musulmán en sus alrededores mientras encomendaba sus rezos al santo. «Por aquí han pasado Aute, Moustaki, Antonio Gala o Marina Heredia», rememoraba el presentador Pedro López. «La poesía es un arma cargada de futuro. Cada uno de nosotros somos parte del cambio y de la transformación de la sociedad en la que vivimos», decía el director del evento, el poeta Pedro Enríquez, parafraseando a Gabriel Celaya. «Mientras despedimos esta edición del festival, está naciendo una nueva», aventuraba Trinidad Montes, concejala de Cultura.

El cantautor canario interpretó sonetos de Neruda y Lorca, y recordó a su amigo Ángel González

El mismo Enríquez recibió a Pedro Guerra con unas líneas medio improvisadas, pero sentidas. La edad –ya tiene 51 tacos– ha amansado y blanqueado los rizos al tinerfeño de Güímar. El Pedro Guerra Mansito de ahora luce un aire sereno y experimentado. Parlotea con la melosidad del apellido materno. Lo coartada poética de su retorno a tierras granadinas le vino de perlas: hace poco ha publicado su primer libro de poemas, ‘Hurgando en la caja negra’, del que desglosó varias piezas.

«He tardado medio siglo en lanzar mis poemas. Me lo he tomado con calma», comentó con ironía. Poca minucia en alguien que ya hacía sus pinitos como rapsoda a los 13 años. El isleño recuperó un soneto amoroso de Neruda, otro del amor oscuro de Lorca y algunos de aquella preciada lista de sonetos pasados y presentes que un día le regaló Luis García Montero. Y para emoción, la de ‘Donde pongo la vida, pongo el fuego’, que le prestó Ángel González.

Jairo Guzmán trajo sus versos desde Medellín. / D.L.

Vibrante también fue la entrega del ‘VI Premio Internacional Poesía en el Laurel’ a su homólogo colombiano: el Festival Internacional de Poesía de Medellín. 27 ediciones le contemplan, con escenas tan sublimes como audiencias de 5.000 personas que se agolpan para escuchar poesía. Ahí queda eso. Como cabeza visible de lo que pretende consolidarse como diálogo de ida y vuelta compareció Jairo Guzmán, cofundador y miembro comité de dirección del certamen, así como director de la Escuela de Poesía de Medellín y del Proyecto Gulliver, hermosa apuesta de escritura creativa para niños.

«Medellín era una ciudad aterrorizada en 1991. Y un grupo de poetas conjuramos contra el miedo mediante aptitudes intersubjetivas con un festival. Sin la paz social es imposible la paz individual», declaró Guzmán en el atril. «Quiero agradecer a Granada el lenguaje prolífico de figuras como San Juan de la Cruz o Federico García Lorca, cuyo legado gravita con fuerza en Colombia», manifestó. Con su sedosa locuacidad, Jairo Guzmán declamó composiciones propias como ‘Este carnaval’, ‘La estatua de sol’, ‘Desvarío entre la sombra’ o ‘Dónde su voz, dónde su cuerpo, dónde’ (estremecedor homenaje a Lorca). Luego echó fotos a la estampa de los cientos de asistentes. Es un coleccionista de imágenes.

Concierto en clave de copla-jazz a cargo de Rosa Lazar. / D.L.

Claro, que al hablar de melenas instaladas en la memoria, la colombiana Lilián Pallarés se ha convertido en un icono referencial en la última década. Poética de la libido, el instinto primario y lo profundamente humano. Versos que ella trasmite con la voz y con expresión corporal.

Con el recuerdo de Miguel Hernández en el aire, la trotamundos Carolina Bustos se desnudó de manera sinestésica. Le siguió la música de Rosa Lazar, que abrió versionando ‘El día que nací yo’, concebida en su tiempo para Imperio Argentina. Tocaba zambullirse en un repertorio coplero y ahí estaba la ‘Torre de arena’ de Marifé de Triana. Luego, los guiños a Carlos Cano y a Lorca.

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